La señora Jennings había decidido muy pronto tras el ataque que Marianne no lo superaría, y el coronel Brandon, cuya utilidad principal residía en escuchar los presagios de la señora Jennings, no se encontraba en un estado de ánimo propicio para resistir su influencia. Intentaba razonar para apartar de sí unos temores que el criterio contrario del boticario parecía volver absurdos; pero las muchas horas de cada día en que se le dejaba enteramente solo eran más que propicias para la admisión de cualquier idea melancólica, y no lograba expulsar de su mente la firme creencia de que no volvería a ver a Marianne.
En la mañana del tercer día, sin embargo, las sombrías previsiones de ambos se disiparon casi por completo; pues cuando el señor Harris llegó, declaró que su paciente estaba mucho mejor.
Su pulso era mucho más fuerte y todos los síntomas más favorables que en la visita anterior.
Elinor, reafirmada en toda grata esperanza, era pura alegría; regocijándose de que, en sus cartas a su madre, hubiera seguido su propio criterio en lugar del de su amiga, restándole importancia a la indisposición que las retenía en Cleveland; y casi fijando el momento en que Marianne podría viajar.
Pero el día no terminó con los mismos auspicios con que había empezado. Hacia el atardecer, Marianne volvió a ponerse enferma, y se sintió más abatida, inquieta e incómoda que antes. Su hermana, sin embargo, todavía optimista, no quiso atribuir el cambio a otra cosa que al cansancio de haberse levantado para que le hicieran la cama; y, tras administrarle cuidadosamente los tónicos prescritos, la vio caer por fin, con satisfacción, en un sopor del que esperaba los más benéficos efectos. Su sueño, aunque no tan tranquilo como Elinor habría deseado, se prolongó durante bastante tiempo; y, ansiosa por observar ella misma el resultado, decidió acompañarla durante todo el tiempo que durase. La