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nydus/Sense and SensibilityPublic
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XXXVI

de la atención en todo el tiempo que duró su arreglo de la que este recibió por parte de la señorita Steele en los primeros cinco minutos de estar juntas, una vez terminado aquel. Nada escapaba a su minuciosa observación y a su general curiosidad; lo veía todo y lo preguntaba todo; no descansaba hasta saber el precio de cada una de las prendas de Marianne; habría podido adivinar el número total de sus vestidos con mejor criterio que la propia Marianne, y no perdía las esperanza de averiguar, antes de separarse, cuánto le costaba el lavado a la semana y cuánto tenía cada año para gastar en sí misma. La impertinencia de esta clase de escrutinios, por lo demás, solía concluir con un elogio que, aunque pretendía ser su compensación, Marianne consideraba como la mayor impertinencia de todas; pues tras someterse a un interrogatorio sobre el valor y la hechura de su vestido, el color de sus zapatos y la disposición de su cabello, casi con seguridad le decían que, «dábase palabra de honor de que se veía sumamente elegante, y se atrevía a asegurar que haría una gran cantidad de conquistas».

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