jamás te he contado cómo se llegó a esto. Estábamos a pocas horas de fugarnos juntos a Escocia. La traición, o la insensatez, de la doncella de mi prima nos delató. Fui desterrado a la casa de un pariente muy lejano, y a ella no se le permitió ninguna libertad, ninguna compañía, ninguna diversión, hasta que mi padre se salió con la suya. Me había fiado demasiado de su fortaleza, y el golpe fue tremendo; pero de haber sido feliz su matrimonio, tan joven como yo era entonces, unos pocos meses me habrían reconciliado con él, o al menos ahora no tendría que lamentarlo.
Esto, sin embargo, no fue así. Mi hermano no la tenía en ninguna consideración; sus diversiones no eran las que debían haber sido y, desde el principio, la trató con crueldad.
La consecuencia de esto, en un espíritu tan joven, tan alegre, tan inexperto como el de la señora Brandon, fue de lo más natural. Se entregó al principio a toda la miseria de su situación; y feliz habría sido de no haber vivido lo suficiente para superar aquellos pesares que el recuerdo de mí le ocasionaba.
Pero ¿puede extrañarnos que, con un marido así que incitaba a la inconstancia, y sin un amigo que la aconsejara o la contuviera (pues mi padre vivió solo unos pocos meses después de la boda, y yo estaba con mi regimiento en las Indias Orientales), ella cayera?
De haberme quedado en Inglaterra, tal vez—pero pretendía promover la felicidad de ambos al alejarme de ella durante años, y con ese fin había conseguido mi traslado.
—El impacto que me produjo su matrimonio —continuó con voz muy agitada— fue de escasa importancia, no fue nada comparado con lo que sentí al enterarme, unos dos años después, de su divorcio. Fue eso lo que proyectó esta penumbra... aun ahora el recuerdo de lo que sufrí...