—No le comprendo —contestó él, enrojeciendo—. ¡Reservado! ¿Cómo, de qué manera? ¿Qué tengo que decirle? ¿Qué puede usted suponer?
Elinor miró sorprendida su emoción; pero, tratando de quitarle importancia al asunto entre risas, le dijo: —¿No conoce usted a mi hermana lo suficiente como para entender lo que quiere decir? ¿No sabe que llama reservado a todo el mundo que no habla tan rápido y admira lo que ella admira con tanto entusiasmo como ella?
Edward no respondió. Su seriedad y su aire pensativo volvieron a adueñarse de él por completo, y se quedó sentado un buen rato, en silencio y apagado.