Cerca de media hora después regresó su madre y, aunque tenía los ojos rojos, su semblante no era desanimado.
—Nuestro querido Willoughby está ya a algunas millas de Barton, Elinor —dijo ella, mientras se sentaba a coser—, y con qué apesadumbrado corazón emprende el viaje.
—Todo es muy extraño. ¡Irse de repente así! Parece obra de un momento. ¿Y anoche estaba con nosotros tan feliz, tan alegre, tan cariñoso? Y ahora, tras solo diez minutos de aviso, ¡ido también sin intención de volver! Algo más de lo que nos confesó tuvo que haber pasado. No habló, no se comportó como él mismo. Debes haber notado la diferencia tanto como yo. ¿Qué puede ser? ¿Se habrán peleado? ¿Por qué si no habría mostrado tanta desgana en aceptar tu invitación para venir aquí?
—No era falta de inclinación lo que le pasaba, Elinor; eso lo vi claramente. No tenía el poder de aceptarlo. Te aseguro que lo he estado pensando bien, y puedo explicarme perfectamente todo lo que al principio me pareció extraño a mí tanto como a ti.
—¡Pues claro que sí!
—Sí. Me lo he explicado de la manera más satisfactoria; pero tú, Elinor, a la que te encanta dudar siempre que puedes—sé que a ti no te va a satisfacer; pero no conseguirás quitarme la fe en ello. Estoy convencida de que la señora Smith sospecha de su afecto por Marianne, lo desaprueba (tal vez porque tiene otros planes para él) y, por ese motivo, está deseando alejarlo; y que el asunto al que lo manda a tratar es un pretexto inventado para despedirlo. Esto es lo que creo que ha sucedido. Él es consciente, además, de que ella desaprueba esa relación; por lo tanto, no se atreve a confesarle por ahora su compromiso con Marianne