ambas. Hora tras hora transcurrió entre dolor sin sueño y delirio por parte de Marianne, y en la más cruel ansiedad por parte de Elinor, antes de que el señor Harris hiciera acto de presencia. Sus temores, una vez despertados, pagaron con su exceso toda su seguridad anterior; y la criada que la acompañaba en vela —pues no quiso permitir que despertaran a la señora Jennings— solo la atormentaba más con insinuaciones sobre lo que su ama siempre había pensado.
Las ideas de Marianne seguían fijándose, a intervalos y de forma incoherente, en su madre, y cada vez que pronunciaba su nombre, le daba un vuelco el corazón a la pobre Elinor, quien, reprochándose haber tomado a la ligera tantos días de enfermedad, y desesperada por encontrar un alivio inmediato, imaginaba que cualquier alivio tal vez llegaría demasiado tarde, que todo se había retrasado demasiado, y se representaba a su sufrida madre llegando demasiado tarde para ver a esta hija predilecta, o para verla en su sano juicio.
Estaba a punto de volver a mandar por el señor Harris, o si este no podía venir, por otro médico, cuando el primero —aunque no hasta después de las cinco— llegó. Su opinión, sin embargo, compensó un poco su demora, pues aunque reconoció una alteración muy inesperada y desagradable en su paciente, no quiso admitir que el peligro fuera considerable, y habló del alivio que un nuevo método de tratamiento debía proporcionar, con una confianza que, en menor grado, se le transmitió a Elinor. Prometió volver a pasar en el transcurso de tres o cuatro horas, y dejó tanto a la paciente como a su ansiosa acompañante más tranquilas de lo que las había encontrado.
Con gran preocupación, y con muchos reproches por no haber sido llamada en su auxilio, oyó la señora Jennings por la mañana lo que había sucedido. Sus anteriores temores, restituidos ahora con mayor razón, no le dejaban duda alguna sobre el desenlace; y aunque intentaba infundir consuelo a Elinor, su convicción del peligro de su hermana no le permitía ofrecer el consuelo de la esperanza.