—Pero, ¡a fe mía!, no lo sabía —respondió con ardor—; no recordaba que había omitido darle mi dirección, y el sentido común podría haberle indicado cómo encontrarla.
—Bien, señor, ¿y qué dijo la señora Smith?
“She taxed me with the offence at once, and my confusion may be guessed.
The purity of her life, the formality of her notions, her ignorance of the world—everything was against me. The matter itself I could not deny, and vain was every endeavour to soften it.
She was previously disposed, I believe, to doubt the morality of my conduct in general, and was moreover discontented with the very little attention, the very little portion of my time that I had bestowed on her, in my present visit.
In short, it ended in a total breach.
Por un criterio podría haberme salvado. En la cumbre de su moralidad, ¡la muy buena señora!, ofreció perdonar el pasado, si me casaba con Eliza. Eso no pudo ser y fui formalmente despedido de su favor y de su casa.
La noche siguiente a este asunto —pues debía marcharme a la mañana siguiente— la pasé deliberando sobre cuál debía ser mi conducta en el futuro. La lucha fue grande, pero terminó demasiado pronto. Mi afecto por Marianne, mi total convencimiento de su cariño hacia mí, todo resultó insuficiente para contrarrestar ese temor a la pobreza, o para superar esas falsas ideas sobre la necesidad de la riqueza que yo era naturalmente propenso a albergar, y que la sociedad costosa había incrementado. Tenía razones para creerme seguro respecto a mi actual esposa, si decidía cortejarla, y me persuadí a pensar que no me quedaba por hacer nada más