y a unos escenarios tales que debían impedirle conocer jamás un momento de reposo.
Pero era para ella un gran motivo de consuelo que lo que le traía desgracia a sí misma le traería bien a su hermana; y Elinor, por otra parte, al sospechar que no estaría en su mano evitar a Edward por completo, se consolaba pensando que, aunque su estancia más prolongada militara por tanto en contra de su propia felicidad, sería mejor para Marianne que un regreso inmediato a Devonshire.
Su esmero por evitar que su hermana oyera mencionar jamás el nombre de Willoughby no fue en vano.
Marianne, aunque sin saberlo ella misma, cosechó todas las ventajas; pues ni la señora Jennings, ni sir John, ni siquiera la propia señora Palmer, hablaban nunca de él en su presencia.
Elinor deseaba que la misma indulgencia hubiera podido extenderse hacia ella misma, pero eso era imposible, y se veía obligada a escuchar día tras día la indignación de todos.