incumbiera por igual; no hallaba placer en nada; solo estaba impaciente por volver a casa, y apenas podía contener su irritación ante la lentitud de la señora Palmer, a quien los ojos se le iban tras todo lo bonito, caro o nuevo; que ardía en deseos de comprarlo todo, era incapaz de decidirse por nada y perdía el tiempo entre éxtasis e indecisiones.
Era ya tarde por la mañana cuando regresaron a casa; y no bien hubieron entrado en ella, Marianne subió corriendo las escaleras con avidez, y cuando Elinor la siguió, la encontró apartándose de la mesa con el rostro apesadumbrado, lo que declaraba que ningún Willoughby había estado allí.
—¿No se ha quedado aquí ninguna carta para mí desde que salimos? —le preguntó al lacayo, que entró en ese momento con los paquetes. Le respondieron que no. —¿Está usted muy seguro? —replicó ella—. ¿Está seguro de que ningún criado, ningún mozo ha dejado ninguna carta o recado?
El hombre respondió que ninguno lo había hecho.
—¡Qué extraño! —dijo ella, con voz baja y decepcionada, mientras se volvía hacia la ventana.
“¡Qué extraña, en verdad!”, repetía Elinor para sus adentros, mirando a su hermana con inquietud.
“Si no hubiera sabido que él estaba en la ciudad, no le habría escrito como lo hizo; le habría escrito a Combe Magna; y si está en la ciudad, ¡qué extraño que no haya venido ni escrito! Oh, madre mía, ¡debe de estar equivocada al permitir que un compromiso entre una hija tan joven y un hombre tan poco conocido se lleve a cabo de una manera tan dudosa, tan misteriosa! Anhelo preguntar; pero ¿cómo se tomará mi intervención?”.