Cuando estuvieron sentados en el comedor, sir John observó con pesar que en total no eran más de ocho.
—Querida —le dijo a su esposa—, es muy irritante que seamos tan pocos. ¿Por qué no invitaste a los Gilbert a venir con nosotros hoy?
—¿No le dije a usted, Sir John, cuando me habló de ello antes, que no se podía hacer? Cenaron con nosotros la última vez.
—Usted y yo, Sir John —dijo la señora Jennings—, no debiéramos andar con tantas ceremonias.
—Entonces usted tendría muy poca educación —exclamó el señor Palmer.
“Amor mío, le contradices a todo el mundo —dijo su esposa con su risa habitual—. ¿Sabes que eres bastante grosero?”.
—No sabía que estaba contradiciendo a nadie al tachar a su madre de maleducada.
—Ay, puedes insultarme todo lo que quieras —dijo la bondadosa anciana—, te has llevado a Charlotte de mis manos y ya no puedes devolvérmela. Así que en eso te tengo cogida la sartén por el mango.
Charlotte se rio con ganas de pensar que su marido no podía deshacerse de ella; y dijo jubilosamente que no le importaba lo antipático que fuera con ella, ya que tenían que vivir juntos. Era imposible que alguien fuera más bondadoso por naturaleza, o estuviera más decidido a ser feliz que la señora Palmer. La estudiada indiferencia, insolencia y descontento de su marido no le causaban ningún dolor; y cuando él la regañaba o la insultaba, ella se divertía enormemente.
—¡El señor Palmer es tan gracioso! —le dijo a Elinor en un susurro—. Siempre está de mal humor.