de ella hacia Edward de lo que había sido respecto a Marianne; en realidad, era su broma favorita de las dos, por ser algo más nueva y conjetural; y desde la visita de Edward, nunca habían cenado juntos sin que él brindara por sus mejores afectos con tanta elocuencia y tantas señas y guiños, como para atraer la atención general. La letra F también había salido a relucir invariablemente, y había resultado ser fuente de innumerables bromas, de modo que su reputación como la letra más ingeniosa del abecedario hacía tiempo que estaba consolidada para Elinor.
Las señoritas Steele, como ella esperaba, disfrutaron ahora de todas estas bromas, y en la mayor de ellas despertaron la curiosidad por saber el nombre del caballero aludido, la cual, aunque expresada a menudo de forma impertinente, estaba totalmente en consonancia con su general intromisión en los asuntos de la familia de ellas. Pero Sir John no jugó por mucho tiempo con la curiosidad que se deleitaba en avivar, pues tenía al menos tanto placer en decir el nombre como la señorita Steele en escucharlo.