interrogarle con más detalle sobre los objetos que le habían llamado particularmente la atención, cuando Edward la interrumpió diciendo: > «No debes indagar demasiado, Marianne: recuerda que no sé nada de lo pintoresco, y te ofenderé con mi ignorancia y falta de gusto si entramos en detalles. Llamaré colinas empinadas a lo que debería ser audaz; superficies extrañas y groseras a lo que debería ser irregular y escarpado; y objetos distantes fuera de la vista, a los que solo les correspondería ser confusos por el suave medio de una atmósfera brumosa. Debes conformarte con la admiración que honestamente puedo ofrecer. Para mí es un país muy hermoso —las colinas son empinadas, los bosques parecen llenos de buena madera, y el valle se ve cómodo y acogedor—, con prados ricos y varias granjas aseadas diseminadas aquí y allá. Corresponde exactamente a mi idea de un país hermoso, porque une la belleza con la utilidad; y me atrevo a decir que también es pintoresco, puesto que tú lo admiras; fácilmente puedo creer que está lleno de rocas y promontorios, musgo gris y matorrales, pero todo eso se pierde para mí. No sé nada de lo
—Me temo que es demasiado cierto —dijo Marianne—; pero ¿por qué jactarse de ello?
—Sospecho —dijo Elinor— que, para evitar un tipo de afectación, Edward cae aquí en otro. Puesto que cree que mucha gente finge una admiración por las bellezas de la naturaleza mayor de la que realmente siente, y le repugnan tales pretensiones, él finge mayor indiferencia y menos capacidad de discernimiento al contemplarlas de la que posee en realidad. Es quisquilloso y ha de tener una afectación propia.
—Es muy cierto —dijo Marianne—, que la admiración por el paisaje se ha convertido en una mera jerga. Todo el mundo pretende sentir y trata