Poco se habían imaginado la señora Dashwood o sus hijas, al llegar por primera vez a Devonshire, que surgirían tantos compromisos para ocupar su tiempo como los que poco después se presentaron, o que tendrían tantas invitaciones frecuentes y visitantes tan constantes como para dejarles poco tiempo libre para ocupaciones formales.
Sin embargo, tal fue el caso.
Una vez recuperada Marianne, los planes de diversión tanto en casa como fuera de ella, que sir John había estado ideando previamente, se pusieron en marcha. Los bailes privados en la mansión comenzaron entonces; y las excursiones en barco se organizaban y llevaban a cabo tan a menudo como un lluvioso octubre lo permitía. En cada encuentro de esta índole Willoughby estaba incluido; y la soltura y familiaridad que acompañaban naturalmente a estas reuniones eran exactamente idóneas para estrechar aún más su amistad con los Dashwood, para brindarle la oportunidad de presenciar las virtudes de Marianne, de constatar su entusiasta admiración por ella y de recibir, en el comportamiento de esta hacia él, la prueba más evidente de su afecto.
Elinor no podía sorprenderse de su afecto. Solo deseaba que se mostrara de un modo menos abierto; y una o dos vez se atrevió a sugerir a Marianne la conveniencia de cierto autocontrol. Pero Marianne aborrecía todo ocultamiento allí donde ninguna deshonra real pudiera acompañar a la franqueza; y aspirar a reprimir sentimientos que en sí mismos no eran censurables le parecía no solo un esfuerzo innecesario, sino una vergonzosa subyugación de la razón a nociones comunes y erróneas.