No hacía mucho que habían terminado de desayunar cuando el carruaje de la señora Palmer se detuvo a la puerta y, a los pocos minutos, entró riendo en la sala: tan encantada de verlos a todos, que era difícil saber si le producía mayor placer reencontrarse con su madre o con las señoritas Dashwood. ¡Tan sorprendida de que hubieran venido a la ciudad, aunque era lo que de algún modo había estado esperando todo el tiempo; tan enfadada de que hubieran aceptado la invitación de su madre tras haber rechazado la suya, aunque al mismo tiempo nunca se lo habría perdonado si no hubiesen venido!
“El señor Palmer se pondrá tan contento de verla —dijo ella—; ¿qué cree que dijo cuando se enteró de que venía con mamá? Ya no me acuerdo de qué fue, ¡pero fue algo tan gracioso!”.
Tras una hora o dos pasadas en lo que su madre llamaba una charla cómoda, o en otras palabras, en toda clase de preguntas acerca de todos sus conocidos por parte de la señora Jennings, y en risas sin motivo por parte de la señora Palmer, esta última propuso que la acompañasen a unas tiendas donde tenía asuntos que atender esa mañana; la señora Jennings y Elinor accedieron de inmediato, ya que ellas también tenían algunas compras que hacer, y Marianne, aunque al principio se negó, acabó por dejarse convencer y fue también.
Dondequiera que fuesen, era evidente que ella estaba siempre al acecho. En Bond Street especialmente, donde transcurría gran parte de sus asuntos, sus ojos no cesaban de indagar; y en cualquier tienda en que el grupo se hallara ocupado, su mente se apartaba por igual de todo lo que tenían delante, de todo lo que interesaba y ocupaba a los demás. Inquieta e insatisfecha en todas partes, su hermana jamás pudo obtener su opinión sobre ningún artículo de compra, por mucho que a ambas les