Determinó, tras cierta consideración, que si las apariencias continuaban muchos días más tan desagradables como lo eran entonces, le representaría a su madre de la manera más enérgica la necesidad de una investigación seria sobre el asunto.
La señora Palmer y dos ancianas del círculo íntimo de la señora Jennings, a quienes esta había encontrado y convidado por la mañana, almorzaron con ellas.
La primera se marchó poco después del té para cumplir con sus compromisos vespertinos; y Elinor se vio obligada a ayudar a armar una mesa de whist para las demás. Marianne no servía de nada en estas ocasiones, pues nunca quiso aprender el juego; pero aunque, por lo tanto, su tiempo estaba a su entera disposición, la velada no le resultó ni mucho menos más placentera que a Elinor, ya que la pasó entre la zozobra de la expectativa y el dolor de la desilusión.
A veces intentaba leer durante unos minutos, pero pronto dejaba el libro a un lado y volvía a su ocupación más interesante de pasearse de un lado a otro de la habitación, deteniéndose un instante cada vez que llegaba a la ventana con la esperanza de distinguir el tan esperado golpe en la puerta.