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nydus/Sense and SensibilityPublic
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XV

—Mis compromisos actuales —respondió Willoughby, confuso— son de tal naturaleza... que... no me atrevo a halagarme...

Él se detuvo. La señora Dashwood estaba demasiado asombrada para hablar, y siguió otra pausa. Esta fue rota por Willoughby, quien dijo con una débil sonrisa: «Es una locura demorarse de este modo. No quiero atormentarme por más tiempo permaneciendo entre amigos cuya compañía me es ya imposible disfrutar».

Luego se despidió apresuradamente de todos ellos y salió de la habitación. Le vieron subir a su coche y, en un minuto, este desapareció de la vista.

La señora Dashwood sentía demasiado como para poder hablar, y abandonó al instante el salón para dar rienda suelta en la soledad a la zozobra y la alarma que aquella repentina partida le había provocado.

La inquietud de Elinor era al menos igual a la de su madre. Pensaba en lo que acababa de suceder con ansiedad y desconfianza. El comportamiento de Willoughby al despedirse de ellas, su desconcierto y su fingida alegría y, sobre todo, su falta de entusiasmo por aceptar la invitación de su madre, una retasencia tan poco propia de un enamorado, tan poco propia de él, la perturbaba enormemente. En un momento temía que por su parte jamás hubiera existido una intención seria; y al siguiente, que se hubiera producido alguna desafortunada disputa entre él y su hermana: el abatimiento con el que Marianne había abandonado la estancia era lo que de manera más razonable podía explicar una pelea grave, aunque, cuando consideraba cuán grande era el amor que Marianne le profesaba, una pelea parecía casi imposible.

Pero cualesquiera que fuesen los detalles de su separación, la aflicción de su hermana era indudable; y pensaba con la más tierna compasión en aquel dolor violento al que Marianne, con toda probabilidad, no solo se entregaba como un consuelo, sino que alimentaba y fomentaba como un deber.

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