—Quizás —continuó Elinor—, si me da por cortar, pueda ser de alguna utilidad a la señorita Lucy Steele enrollándole sus papeles; y aún queda tanto por hacer en la cesta que me parece imposible que ella sola pueda terminarla esta tarde. Me gustaría muchísimo el trabajo, si ella me permitiera participar en él.
—Pues le estaré muy agradecida por su ayuda —exclamó Lucy—, ya que veo que hay más por hacer de lo que pensaba; y sería algo terrible defraudar a la querida Annamaria después de todo.
—¡Oh!, eso sería terrible, en verdad —dijo la señorita Steele—. ¡Querida criatura, cuánto la quiero!
—Es usted muy amable —dijo lady Middleton a Elinor—; y como de verdad le gusta la labor, tal vez le importe tanto no entrar hasta la siguiente partida, ¿o quiere jugársela ahora?
Elinor aprovechó con júbilo la primera de estas propuestas y, valiéndose así de un poco de esa habilidad diplomática que Marianne nunca se dignaba a practicar, logró su propósito y complació a lady Middleton al mismo tiempo.
Lucy le hizo un hueco con presteza, y las dos bellas rivales quedaron así sentadas hombro con hombro a la misma mesa y, en completa armonía, ocupadas en adelantar la misma labor.
El pianoforte en el que Marianne, absorta en su propia música y en sus propios pensamientos, ya había olvidado que hubiera nadie más que ella en la habitación, estaba por fortuna tan cerca de ellas que la señorita Dashwood juzgó entonces que podía, al amparo de su ruido, introducir con seguridad el interesante tema, sin ningún riesgo de ser escuchada en la mesa de juego.