Los Palmer regresaron a Cleveland al día siguiente, y las dos familias de Barton volvieron a quedarse solas para entretenerse mutuamente. Pero esto no duró mucho; apenas se había quitado Elinor a sus últimos visitantes de la cabeza, apenas había terminado de asombrarse de que Charlotte fuera tan feliz sin motivo, de que el señor Palmer se comportara con tanta simpleza a pesar de su buen talento, y de la extraña incompatibilidad que a menudo existía entre marido y mujer, cuando el celo activo de sir John y de la señora Jennings en favor de la vida social le procuró otras nuevas amistades que ver y observar.
En una excursión matutina a Exeter, habían encontrado a dos jóvenes señoras, a quienes la señora Jennings tuvo la satisfacción de descubrir como parientes suyas, y esto bastó para que sir John las invitara inmediatamente a la finca, tan pronto como terminaran sus actuales compromisos en Exeter. Sus compromisos en Exeter cedieron al instante ante semejante invitación, y lady Middleton se vio sumida en no poca alarma al regreso de sir John, al enterarse de que muy pronto recibiría la visita de dos muchachas a quienes jamás había visto en su vida, y de cuya elegancia —o incluso de su más mínima distinción— no podía tener prueba alguna; pues las garantías de su esposo y de su madre al respecto no valían absolutamente nada. El hecho de que fueran también parientes suyas lo empeoraba todo; y los intentos de consolación de la señora Jennings se fundaban, por tanto, en un grave error, cuando aconsejaba a su hija que no le importara que no fueran tan elegantes; ya que todas eran primas y tenían que soportarse mutuamente.