La curiosidad de Elinor por ver a la señora Ferrars quedó satisfecha. Había encontrado en ella todo lo que podía contribuir a hacer indeseable una mayor relación entre las familias.
Había visto lo suficiente de su orgullo, su mezquindad y su decidida animadversión hacia ella como para comprender todas las dificultades que habrían debido perturbar el compromiso y retrasar el matrimonio de Edward y de ella misma, de haber estado él libre por lo demás; y había visto casi lo suficiente como para dar gracias, por su propio bien, de que un obstáculo mayor la librara de sufrir a causa de cualquier otra dificultad creada por la señora Ferrars, de librarse de toda dependencia de sus caprichos o de cualquier inquietud por ganarse su buena opinión.
O al menos, si no lograba alegrarse del todo de que Edward estuviera atado a Lucy, se juraba que, de haber sido Lucy más amable, habría debido alegrarse.
Se extrañaba de que el ánimo de Lucy pudiera elevarse hasta tal punto por la cortesía de la señora Ferrars; de que su interés y su vanidad la cegaran tanto como para hacer que la atención que parecía habérsele prestado únicamente por no ser Elinor, pareciera un cumplido hacia ella misma, o de permitirle sacar ánimos de una preferencia concedida tan solo porque se desconocía su verdadera situación. Pero que así era, no solo lo habían proclamado los ojos de Lucy en aquel momento, sino que volvió a proclamarse con mayor claridad a la mañana siguiente; pues, por expreso deseo suyo, Lady Middleton la dejó en Berkeley Street con la esperanza de ver a Elinor a solas para contarle lo feliz que era.
La casualidad resultó ser afortunada, pues un recado de la señora Palmer, poco después de haber llegado, se llevó a la señora Jennings.