la verdad de sus argumentos, él no estaba en absoluto inclinado a dejarse guiar por ellos, juzgó más sabio, a partir de la experiencia del pasado, someterse; y por tanto, tras la deslucida demora que debía a su propia dignidad y que sirvió para evitar toda sospecha de buena voluntad, emitió su decreto de consentimiento para el matrimonio de Edward y Elinor.
Lo que ella se comprometería a hacer para aumentar los ingresos de ambos fue lo siguiente que se consideró; y aquí quedó meridianamente claro que, aunque Edward era ahora su único hijo, no era ni mucho menos el mayor; pues mientras que a Robert se le asignaban inevitablemente mil libras al año, no se puso la menor objeción a que Edward se ordenara eclesiásticamente a cambio de doscientas cincuenta como mucho; ni se prometió nada, ni para el presente ni para el futuro, más allá de las diez libras mil que se habían entregado con Fanny.
Sin embargo, era tanto como deseaban, y más de lo que esperaban, Edward y Elinor; y la propia señora Ferrars, con sus torpes excusas, parecía la única sorprendida de no dar más.
Con unos ingresos muy suficientes para sus necesidades ya asegurados, no les quedaba nada que esperar, una vez que Edward hubo tomado posesión del beneficio eclesiástico, salvo que estuviera lista la casa, a la que el coronel Brandon, con un vivo deseo de complacer a Elinor, estaba haciéndole mejoras considerables; y tras esperar un tiempo a que concluyeran, tras sufrir, como de costumbre, mil desengaños y retrasos por la inexplicable morosidad de los obreros, Elinor, como de costumbre, quebrantó su primera y firme resolución de no casarse hasta que todo estuviera listo, y la ceremonia se celebró en la iglesia de Barton a principios de otoño.
El primer mes después de su matrimonio lo pasaron con su amiga en la mansión; desde donde pudieron supervisar el progreso de la rectoría y