Aquí se detuvo para que le diesen las gracias; lo cual hecho, continuó.
“Lo que la pobre señora Ferrars sufrió, cuando Fanny se lo comunicó por primera vez, es indescriptible.
Mientras ella, con el más sincero afecto, le había estado planeando una alianza de lo más conveniente, ¡iba a suponerse que él había estado todo el tiempo en secreto comprometido con otra persona! —¡tal sospecha jamás se le habría pasado por la cabeza!
Si ella sospechaba de alguna inclinación previa por otro lado, no podía ser en esa dirección.
«Allí, desde luego —dijo ella—, podría haberme creído a salvo».
Estaba sumida en una auténtica agonía.
Consultamos juntas, sin embargo, sobre lo que debía hacerse, y al fin ella determinó mandar por Edward.
Él vino.
Pero siento tener que relatar lo que siguió. Todo lo que la señora Ferrars pudo decir para hacer que él pusiera fin al compromiso, ayudada además, como podéis bien suponer, por mis argumentos y los ruegos de Fanny, no sirvió de nada.
El deber, el afecto, todo fue ignorado. Nunca antes había pensado que Edward fuera tan terco, tan insensible.