inmediatamente con su bebé; y el señor Palmer, aunque trataba los temores de ellas como vanidades, encontró la ansiedad y la insistencia de su esposa demasiado grandes para resistirlas.
Por consiguiente, se decidió su partida; y a la hora de la llegada del señor Harris, se puso en camino, con su hijito y la niñera de este, hacia la casa de un pariente cercano del señor Palmer, que vivía a unas pocas millas al otro lado de Bath; adonde su marido prometió, ante sus fervientes súplicas, reunirse con ella en un par de días, y adonde insistió con casi igual urgencia en que su madre la acompañara.
Sin embargo, la señora Jennings, con una bondad de corazón que hacía que Elinor realmente la quisiera, declaró su firme resolución de no moverse de Cleveland mientras Marianne siguiera enferma y de esforzarse, con su atento cuidado, en suplirle el lugar de la madre de la que la había apartado; y Elinor la encontró en cada ocasión como una colaboradora sumamente dispuesta y activa, deseosa de compartir todas sus fatigas y, a menudo, de gran utilidad gracias a su mayor experiencia en los cuidados.
Pobre Marianne, lánguida y decaída por la naturaleza de su dolencia, y sintiéndose mal en general, ya no podía esperar que el mañana la encontrara recuperada; y la idea de lo que el mañana habría traído, de no ser por esta desafortunada enfermedad, agravaba cada malestar; pues ese día debían haber emprendido su viaje a casa y, acompañadas todo el camino por un sirviente de la señora Jennings, debían haber tomado a su madre por sorpresa a la mañana siguiente.
Lo poco que dijo se redujo a lamentar esta inevitable demora; aunque Elinor trató de levantarle el ánimo y hacerle creer, como entonces ella misma creía de verdad, que sería muy breve.
Al día siguiente se produjo poca o ninguna alteración en el estado de la enferma; ciertamente no estaba mejor y, salvo por la falta de mejoría, tampoco parecía peor.