Nada podía expresar mejor su afecto hacia todos ellos que el comportamiento de Willoughby.
Para Marianne tenía toda la delicadeza distintiva que el corazón de un amante podía brindar, y para el resto de la familia era la atención afectuosa de un hijo y de un hermano.
La cabaña parecía ser considerada y amada por él como su hogar; pasaba allí muchas más horas que en Allenham; y si ningún compromiso general los reunía en la finca, el paseo que lo obligaba a salir por la mañana tenía casi la seguridad de terminar allí, donde el resto del día lo pasaba junto a Marianne, y con su perdiguero favorito a los pies de ella.
Una tarde en particular, aproximadamente una semana después de que el coronel Brandon abandonara el condado, su corazón pareció más abierto que de costumbre a todo sentimiento de apego hacia los objetos que lo rodeaban; y al ocurrir que la señora Dashwood mencionó su proyecto de mejorar la cabaña en primavera, él se opuso calurosamente a cualquier modificación de un lugar que el afecto había consagrado como perfecto para él.
—¡Cómo! —exclamó—; ¿mejorar esta querida casita? No. A eso jamás consentiré. No se le debe añadir ni una piedra a sus paredes, ni una pulgada a su tamaño, si se toman en cuenta mis sentimientos.
—No se asuste usted —dijo la señorita Dashwood—; no se hará nada de eso, pues mi madre nunca tendrá bastante dinero como para intentarlo.
—Me alegro de todo corazón —exclamó—. Ojalá sea siempre pobre, si no sabe emplear mejor sus riquezas.
—Gracias, Willoughby. Pero puede estar seguro de que yo no sacrificaría ningún sentimiento de apego local suyo, ni de nadie a quien amara, por todas las mejoras del mundo. Tenga por seguro que, cualquier suma sin