a nadie más que a mí misma”.
Elinor sonrió y negó con la cabeza.
Edward oyó con agrado que se esperaba al coronel Brandon en la Cabaña, ya que tenía muchas ganas no solo de conocerlo mejor, sino de tener la oportunidad de convencerlo de que ya no le guardaba resentimiento por haberle ofrecido el curato de Delaford.
«El cual —dijo—, después de haberle dado las gracias de un modo tan poco agraciado como lo hice entonces, debe de pensar que nunca le he perdonado que me lo ofreciera».
Ahora él mismo se sentía asombrado de no haber estado nunca aún en el lugar. Pero tan poco interés había tomado en el asunto, que debía todo su conocimiento de la casa, el jardín y la gleba, la extensión de la parroquia, el estado de las tierras y la cuantía de los diezmos, a la propia Elinor, que había oído hablar tanto de ello al coronel Brandon, y lo había oído con tanta atención, que dominaba por completo el tema.