poder hacer la pregunta. ¿Está todo definitivamente decidido? ¿Es imposible que—? Pero no tengo derecho, y no tendría ninguna posibilidad de éxito. Discúlpeme, señorita Dashwood. Creo que me he equivocado al decir tanto, pero apenas sé qué hacer, y en su prudencia tengo la más firme confianza. Dígame que todo está absolutamente resuelto, que cualquier intento, que en resumen el ocultamiento, si es que el ocultamiento es posible, es lo único que queda”.
Estas palabras, que transmitían a Elinor una explícita confesión de su amor por su hermana, la afectaron profundamente.
No fue capaz de decir nada de inmediato, y aun cuando se recuperó, dudó por un corto espacio de tiempo sobre cuál sería la respuesta más adecuada que debía darle.
El verdadero estado de las cosas entre Willoughby y su hermana le era tan poco conocido que, al intentar explicarlo, corría el riesgo tanto de decir demasiado como de quedarse corta.
Sin embargo, como estaba convencida de que el afecto de Marianne por Willoughby no dejaba esperanza alguna para el éxito del coronel Brandon, fuere cual fuere el desenlace de ese sentimiento, y al mismo tiempo deseaba proteger la conducta de su hermana de cualquier censura, creyó que lo más prudente y bondadoso, tras pensarlo un poco, era decir más de lo que realmente sabía o creía.
Reconoció, por lo tanto, que aunque ellos mismos nunca le habían informado sobre los términos en que se encontraban el uno con el otro, no tenía la menor duda de su afecto mutuo, ni le sorprendía en absoluto oír hablar de la correspondencia entre ambos.
Él la escuchó con silenciosa atención y, en cuanto ella dejó de hablar, se levantó de su asiento de inmediato y, tras decir con voz empañada por la emoción: «A su hermana le deseo toda la felicidad imaginable; a Willoughby, que se esfuerce por merecerla», se despidió y se marchó.