La ecuanimidad de ánimo con que he llegado en el presente a considerar el asunto, el consuelo que he estado dispuesta a admitir, han sido el fruto de un esfuerzo constante y doloroso; no surgieron por sí solos; no se presentaron para aliviar mi espíritu al principio. No, Marianne. Entonces, de no haber estado atada al silencio, tal vez nada me habría impedido por completo —ni siquiera lo que debía a mis más queridos amigos— mostrar abiertamente que era muy infeliz.
Marianne estaba bastante callada.
—¡Oh!, Elinor —exclamó—, me has hecho odiarme para siempre. ¡Qué bárbara he sido contigo! ¡Tú, que has sido mi único consuelo, que me has soportado en toda mi miseria, que has parecido sufrir únicamente por mí! ¿Es esta mi gratitud? ¿Es este el único agradecimiento que puedo ofrecerte? Como tu virtud deja en evidencia la mía, he estado intentando anularla.
Las caricias más tiernas siguieron a esta confesión. En el estado de ánimo en que se encontraba ahora, a Elinor no le costó ningún trabajo obtener de ella cualquier promesa que le exigiera; y, a petición suya, Marianne se comprometió a no hablar jamás del asunto con nadie mostrando la menor apariencia de amargura; a ver a Lucy sin dejar traslucir el más mínimo aumento de antipatía hacia ella; e incluso a ver al propio Edward, si la casualidad los reunía, sin ninguna disminución de su habitual cordialidad.
Eran grandes concesiones; pero donde Marianne sentía que había agraviado, ninguna reparación le parecía demasiado grande para ofrecer.
Cumplió su promesa de ser discreta de manera admirable. Escuchó todo cuanto la señora Jennings tuvo que decir al respecto con invariable semblante, no le contradijo en nada, y se le oyó decir tres veces: «Sí, señora».