pedirle que la acompañara a ella y a su hermana durante unos días en Harley Street, tan pronto como Lady Middleton pudiera prescindir de ellas. Esto fue suficiente para hacer a Lucy real y razonablemente feliz. ¡Mrs. Dashwood parecía estar trabajando verdaderamente para ella, por cuenta propia!; ¡alimentando todas sus esperanzas y promoviendo todos sus propósitos! ¡Una oportunidad así de estar con Edward y su familia era, por encima de todas las cosas, lo más crucial para sus intereses, y semejante invitación, lo más gratificante para sus sentimientos! Era una ventaja que no podía agradecerse lo suficiente ni aprovecharse con demasiada rapidez; y se descubrió al instante que la visita a Lady Middleton, la cual no había tenido antes unos límites precisos, siempre había estado destinada a terminar en el plazo de dos días.
Cuando la nota le fue mostrada a Elinor, lo cual ocurrió a los diez minutos de su llegada, le produjo por primera vez cierta participación en las expectativas de Lucy; pues semejante muestra de bondad inusitada, concedida al cabo de tan breve conocimiento, parecía declarar que la buena voluntad hacia esta nacía de algo más que de la mera malicia hacia ella misma; y que el tiempo y la habilidad podrían lograr que hiciera todo lo que Lucy deseaba.
Su adulación ya había subyugado el orgullo de Lady Middleton y se había abierto paso en el hermético corazón de la señora John Dashwood; y estos eran efectos que dejaban abierta la probabilidad de otros mayores.
Las señoritas Steele se trasladaron a Harley Street, y todo lo que llegó a oídos de Elinor sobre la influencia de estas allí reforzó sus expectativas sobre el acontecimiento. Sir John, que las visitó más de una vez, trajo a casa noticias tan sorprendentes del favor de que gozaban, que debían impresionar a