entonces la reverencia de su hermano habría dado el golpe de gracia a lo que el mal humor de su madre y de su hermana habría comenzado. Pero mientras se extrañaba de la diferencia entre los dos jóvenes, no descubrió que la vacua presunción del uno la predispusiera en contra de la modestia y el valor del otro. Por qué eran diferentes se lo exclamó el propio Robert durante el transcurso de una conversación de un cuarto de hora; pues, al hablar de su hermano y lamentar la extrema gaucherie que realmente creía que le impedía relacionarse en la sociedad adecuada, lo atribuyó sincera y generosamente mucho menos a cualquier deficiencia natural que a la desgracia de una educación doméstica; mientras que él mismo, aunque probablemente sin ninguna superioridad particular o material por naturaleza, meramente por la ventaja de una escuela pública, estaba tan capacitado para desenvolverse en el mundo como cualquier otro hombre.
—¡Voto a bríos —añadió—, que creo que no es otra cosa!; y así se lo suelo decir a mi madre cuando se lamenta por ello.
«Querida señora —le digo siempre—, debe usted estar tranquila. El mal ya no tiene remedio, y ha sido enteramente culpa suya. ¿Por qué se dejó convencer por mi tío, sir Robert, en contra de su propio criterio, para poner a Edward bajo la tutela de un profesor privado, en el momento más crítico de su vida? Si tan solo lo hubiera enviado a Westminster al igual que a mí, en vez de mandarlo a casa de Mr. Pratt, todo esto se habría evitado».
De este modo es como siempre considero el asunto, y mi madre está plenamente convencida de su error».
Elinor no quiso oponerse a su opinión, porque, fuera cual fuese su estimación general sobre las ventajas de una escuela pública, no podía pensar en la estancia de Edward en la familia del señor Pratt con ninguna satisfacción.