se los llevara a ti y a tu hermana, y la señora Jennings necesitara compañía, estoy segura de que estaríamos encantados de ir a quedarnos con ella tanto tiempo como le plazca. Supongo que la señora Middleton no nos invitará más esta temporada. Adiós; siento que la señorita Marianne no estuviera aquí. Recuérdame afectuosamente a ella. ¡Vaya! ¡Si llevas puesta tu muselina de lunares! Me extraña que no hayas tenido miedo de que se rompiera.
Tal fue su preocupación de despedida; pues, tras esto, solo tuvo tiempo de rendir sus cumplidos de adiós a la señora Jennings antes de que su compañía fuera reclamada por la señora Richardson; y Elinor se quedó en posesión de un conocimiento que bien podía alimentar su capacidad de reflexión durante un tiempo, aunque no había aprendido mucho más de lo que ya había previsto y planeado en su propia mente.
El matrimonio de Edward con Lucy estaba tan firmemente decidido, y el momento de su celebración seguía siendo tan absolutamente incierto, como ella había deducido que lo sería;—todo dependía, exactamente según sus previsiones, de que él obtuviera aquel beneficio eclesiástico del que, por el momento, no parecía haber la menor posibilidad.
Tan pronto como regresaron al carruaje, la señora Jennings estaba ansiosa por obtener información; pero como Elinor deseaba divulgar lo menos posible una noticia que en primer lugar se había obtenido de manera tan desleal, se limitó a una breve repetición de aquellos simples detalles que, según tenía la seguridad, a Lucy, por mor de su propia importancia, le gustaría que se supieran.
La continuación de su compromiso y los medios que se podían tomar para facilitar su desenlace fue todo lo que comunicó; y esto provocó en la señora Jennings el siguiente comentario natural: