La consecuencia de lo cual fue que la señora John Dashwood se vio obligada a soportar no solo la grandísima incomodidad de enviar su carruaje por las señoritas Dashwood, sino que, lo que era aún peor, tuvo que someterse a todo el desagrado de aparentar tratarlas con atención; ¿y quién podía decir que ellas no esperarían salir con ella por segunda vez?
El poder de decepcionarlas, era verdad, siempre sería suyo. Pero eso no era suficiente; pues cuando la gente está decidida a seguir una línea de conducta que sabe que es incorrecta, se siente ofendida por la expectativa de cualquier cosa mejor por su parte.
Marianne había llegado a adquirir poco a poco la costumbre de salir todos los días hasta tal punto que ya le daba lo mismo ir o no ir; y se arreglaba de forma silenciosa y mecánica para los compromisos de cada tarde, aunque sin esperar la menor diversión de ninguno de ellos, y muy a menudo sin saber, hasta el último momento, a dónde la llevarían.
A su vestido y a su aspecto había llegado a mostrarse tan perfectamente indiferente, que no le dedicó ni la mitad