Tras una debida resistencia por parte de la señora Ferrars, tan violenta y tan constante como para librarla de aquel reproche que siempre parecía temer incurrir, el reproche de ser demasiado amable, Edward fue admitido en su presencia y declarado de nuevo su hijo.
Su familia había estado últimamente en un estado de extrema fluctuación.
Durante muchos años de su vida había tenido dos hijos; pero el crimen y la aniquilación de Edward, pocas semanas atrás, la había privado de uno; la aniquilación semejante de Robert la había dejado durante quince días sin ninguno; y ahora, mediante la resurrección de Edward, volvía a tener uno.
A pesar de habérsele permitido vivir una vez más, sin embargo, no sintió segura la continuidad de su existencia hasta que hubo revelado su actual compromiso; pues temía que la divulgación de tal circunstancia pudiera darle un giro repentino a su constitución y llevárselo tan rápidamente como antes. Con aprensiva cautela, por consiguiente, fue revelado, y se le escuchó con inesperada calma. La señora Ferrars intentó al principio, razonablemente, disuadirlo de casarse con la señorita Dashwood mediante todos los argumentos a su alcance; le dijo que en la señorita Morton tendría a una mujer de más alto rango y mayor fortuna; y reforzó la afirmación al observar que la señorita Morton era hija de un noble con treinta mil libras, mientras que la señorita Dashwood era tan solo la hija de un caballero particular con no más de tres; pero cuando descubrió que, aunque admitía perfectamente