de describir con el gusto y la elegancia de aquel que definió por primera vez qué era la belleza pintoresca. Detesto la jerga de toda clase, y a veces me he guardado mis sentimientos para mí, porque no encontraba ningún lenguaje para describirlos que no estuviera gastado y trillado hasta perder todo sentido y significado.
—Estoy convencido —dijo Edward— de que realmente sientes todo el deleite que dices sentir ante un bello paisaje. Pero, a cambio, tu hermana debe permitirme no sentir más de lo que yo expreso. Me gusta un bello paisaje, pero no según los principios pintorescos. No me gustan los árboles torcidos, retorcidos o secos. Los admiro mucho más si son altos, rectos y lozanos. No me gustan las cabañas arruinadas y ajadas. No me apasionan las ortigas, ni los cardos, ni las flores del brezo. Me produce más placer una acogedora granja que una torre de vigilancia; y un grupo de aldeanos aseados y felices me complace más que la mejor banda de bandidos del mundo.
Marianne miró con asombro a Edward, con compasión a su hermana. Elinor se limitó a reír.
El tema no se prolongó más; y Marianne permaneció pensativamente callada, hasta que un nuevo objeto atrajo repentinamente su atención.
Estaba sentada junto a Edward, y al tomar este su té de manos de la señora Dashwood, su mano pasó tan directamente ante ella, que hizo muy visible en uno de sus dedos un anillo con una trenza de cabello en el centro.
“Jamás te había visto llevar un anillo antes, Edward —exclamó—. ¿Es el pelo de Fanny? Recuerdo que ella te prometió un poco. Pero habría pensado que su pelo era más oscuro”.
Marianne expresó sin tacto lo que realmente sentía; pero al ver cuánto había afligido a Edward, su propio disgusto por su falta de reflexión no