labor, en un estado de tal agitación que apenas sabía dónde se encontraba.
«Sí», dijo él, «se casaron la semana pasada y ahora están en Dawlish».
Elinor no pudo soportarlo más. Salió casi corriendo de la habitación y, en cuanto la puerta estuvo cerrada, prorrumpió en lágrimas de alegría que al principio creyó que nunca cesarían.
Edward, que hasta entonces había mirado a cualquier parte antes que a ella, la vio alejarse apresuradamente y, tal vez, vio o incluso oyó su emoción; pues inmediatamente después cayó en un ensueño que ningún comentario, ninguna pregunta, ninguna afectuosa palabra de la señora Dashwood logró penetrar y, al fin, sin decir una palabra, abandonó la estancia y salió caminando hacia el pueblo, dejando a los demás en el colmo del asombro y la perplejidad ante un cambio en su situación tan maravilloso y tan repentino, una perplejidad que no tenían más modo de disipar que mediante sus propias conjeturas.