Tras cierta oposición, Marianne cedió a los ruegos de su hermana y accedió a salir con ella y la señora Jennings una mañana durante media hora.
Puso como condición expresa, sin embargo, no hacer visitas, y no haría más que acompañarlas a la joyería de Gray en Sackville Street, donde Elinor estaba llevando a cabo una gestión para cambiar algunas joyas pasadas de moda de su madre.
Cuando se detuvieron ante la puerta, la señora Jennings recordó que había una señora en el otro extremo de la calle a la que debía hacer una visita; y como ella no tenía nada que hacer en lo de Gray, se decidió que, mientras sus jóvenes amigas resolvían sus asuntos, ella haría su visita y volvería por ellas.
Al subir las escaleras, las señoritas Dashwood encontraron a tanta gente antes que ellas en el salón, que no había nadie disponible para atender sus pedidos; y se vieron obligadas a esperar. Todo lo que pudieron hacer fue sentarse en aquel extremo del mostrador que parecía prometer la sucesión más rápida; un solo caballero estaba de pie allí, y es probable que Elinor no careciera de la esperanza de despertar su cortesía para una atención más rápida. Pero la rectitud de su ojo y la delicadeza de su gusto resultaron estar por encima de su cortesía. Estaba encargando un estuche para palillos de dientes para sí mismo, y hasta que su tamaño, forma y adornos quedaron decididos —los cuales, tras examinar y debatir durante un cuarto de hora sobre cada estuche de palillos de la tienda, fueron finalmente dispuestos por su propia fantasía inventiva—, no tuvo tiempo de conceder a las dos