dirigirlo todo a su gusto sobre el terreno;—pudieron elegir papeles pintados, planear arbustedas y diseñar un camino de entrada curvado. Las profecías de la señora Jennings, aunque algo revueltas, se cumplieron en lo esencial; pues pudo visitar a Edward y a su esposa en su rectoría para San Miguel, y encontró en Elinor y su esposo, según creía firmemente, a una de las parejas más felices del mundo. De hecho, no tenían nada que desear, salvo el matrimonio del coronel Brandon y Marianne, y unos pastos algo mejores para sus vacas.
Fueron visitados en su primer establecimiento por casi todos sus parientes y amigos.
La señora Ferrars vino a inspeccionar la felicidad cuya autorización le daba casi vergüenza; y aun los Dashwood corrieron con los gastos de un viaje desde Sussex para honrarlos.
—No diré que estoy decepcionado, querida hermana —dijo John, mientras caminaban juntos una mañana ante las verjas de la casa de Delaford—,