Cuando los detalles de esta conversación fueron repetidos por la señorita Dashwood a su hermana, como lo fueron muy pronto, el efecto en ella no fue enteramente tal como la primera había esperado ver.
No es que Marianne pareciera desconfiar de la verdad de ninguna parte de ella, pues lo escuchó todo con la más firme y sumisa atención, no hizo objeción ni comentario alguno, no intentó ninguna vindicación de Willoughby y pareció mostrar con sus lágrimas que lo creía imposible.
Pero aunque este comportamiento le aseguró a Elinor que el convencimiento de tal culpa había penetrado en su mente, aunque vio con satisfacción el efecto de este al no evitar ella ya al coronel Brandon cuando este iba de visita, al hablarle —incluso hablando por iniciativa propia— con una especie de respetuosa compasión, y aunque la vio con el ánimo menos violentamente irritado que antes, no la vio menos desgraciada.
Su mente llegó a serenarse, pero se serenó en un sombrío abatimiento. Sintió la pérdida de la reputación de Willoughby aún con más fuerza que la pérdida de su corazón; la seducción y el abandono de la señorita Williams por parte de este, la miseria de aquella pobre muchacha y la duda de cuáles habrían podido ser en otro tiempo sus intenciones hacia ella misma, minaban de tal modo su ánimo en conjunto, que no se abvenía a hablar de lo que sentía ni siquiera con Elinor; y, rumiando sus penas en silencio, causaba a su hermana un dolor mayor que el que le habría comunicado la más abierta y frecuente confesión de ellas.
Expresar los sentimientos o el lenguaje de la señora Dashwood al recibir y responder la carta de Elinor equivaldría tan solo a repetir lo que sus hijas ya habían sentido y dicho; una decepción apenas menos dolorosa que la de Marianne, y una indignación aún mayor que la de Elinor.