“No le pude conocer de otra manera. Eliza me había confesado, aunque muy a su pesar, el nombre de su amante; y cuando él regresó a la ciudad, lo cual ocurrió a las dos semanas de mi llegada, nos citamos, él para defender y yo para castigar su conducta. Regresamos sin heridas y, por lo tanto, el encuentro nunca trascendió”.
Elinor suspiró ante la supuesta necesidad de aquello; pero tratándose de un hombre y un soldado, no se atrevió a censurarlo.
—¡Tal —dijo el coronel Brandon, tras una pausa— ha sido la infeliz semejanza entre el destino de madre e hija! ¡Y de forma tan imperfecta he cumplido con mi cometido!
—¿Sigue en la ciudad?
—No; tan pronto como se recuperó de su cuarentena, pues la encontré próxima al parto, la trasladé a ella y a su hijo al campo, y allí permanece.
Recordando, poco después, que probablemente estaba separando a Elinor de su hermana, puso fin a su visita, recibiendo de ella de nuevo los mismos agradecimientos y dejándola llena de compasión y estima hacia él.