cualquier nueva súplica por su parte. Su desconcierto, sin embargo, era muy evidente; y tras expresarlo con vehemencia, añadió en la misma voz baja: «Pero, Marianne, el caballo sigue siendo tuyo, aunque no puedas usarlo ahora. Lo conservaré solo hasta que puedas reclamarlo. Cuando abandones Barton para formar tu propia casa en un hogar más duradero, Queen Mab te recibirá».
Todo esto fue oído por la señorita Dashwood; y en toda la frase, en su forma de pronunciarla y en el hecho de dirigirse a su hermana llamándola únicamente por su nombre de pila, vio al instante una familiaridad tan decidida, una intención tan directa, que denotaba un acuerdo perfecto entre ambos.
Desde ese momento no dudó de que estuvieran comprometidos el uno con el otro; y la certeza de ello no le causó otra sorpresa que el que ella, o cualquiera de sus amigos, fueran dejados por caracteres tan francos para descubrirlo por casualidad.
Margaret le contó al día siguiente algo que dejó este asunto aún más claro. Willoughby había pasado la tarde anterior con ellos y Margaret, al haberse quedado un rato a solas en la salita con él y Marianne, había tenido ocasión de hacer observaciones que, con cara de gran importancia, le comunicó a su hermana mayor la próxima vez que se quedaron a solas.
—¡Oh, Elinor! —exclamó—, tengo un secreto que contarte sobre Marianne. Estoy segura de que se casará con el señor Willoughby muy pronto.
—Eso mismo llevas diciendo —replicó Elinor— casi todos los días desde que se conocieron por primera vez en High-church Down; y no hacía ni una semana que se conocían, creo yo, cuando ya estabas segura de que Marianne llevaba su retrato colgado al cuello, pero resultó ser tan solo la miniatura de nuestro tío abuelo.