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nydus/Sense and SensibilityPublic
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Capítulo XLIX

Tres semanas de estancia en Delaford, donde, al menos durante las horas vespertinas, no tuvo mucho más que hacer que calcular la desproporción entre treinta y seis y diecisiete, lo condujeron a Barton con un estado de ánimo que requería toda la mejoría en el aspecto de Marianne, toda la amabilidad de su bienvenida y todo el aliento de las palabras de su madre para alegrarse.

Entre tales amigos, sin embargo, y con semejantes halagos, logró reanimarse. Ningún rumor sobre el matrimonio de Lucy había llegado todavía hasta él; no sabía nada de lo ocurrido, y las primeras horas de su visita transcurrieron por consiguiente entre la sorpresa y las explicaciones. Todo le fue aclarado por la señora Dashwood, y halló un nuevo motivo para regocijarse de lo que había hecho por el señor Ferrars, ya que a fin de cuentas favorecía los intereses de Elinor.

Sobra decir que los caballeros aumentaron su mutua buena opinión a medida que fueron conociéndose más, pues no podía ser de otro modo.

Su parecido en los buenos principios y el buen juicio, en su forma de ser y de pensar, probablemente habría sido suficiente para unirlos en amistad sin ningún otro atractivo; pero el estar enamorados de dos hermanas, y dos hermanas encariñadas la una con la otra, hizo inevitable e inmediata una estima mutua que de otro modo habría tenido que esperar a los efectos del tiempo y el juicio.

Las cartas del pueblo, que pocos días antes habrían hecho vibrar de entusiasmo cada nervio del cuerpo de Elinor, llegaron ahora para ser leídas con menos emoción que hilaridad. La señora Jennings escribió para contar la maravillosa historia, para dar rienda suelta a su honrada indignación contra la muchacha voluble y

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