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nydus/Sense and SensibilityPublic
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XXXIII

damas otra atención que la comprendida en tres o cuatro miradas descaradas y muy abiertas; un tipo de atención que sirvió para grabar en Elinor el recuerdo de una persona y un rostro de una insignificancia rotunda, natural y genuina, aunque ataviados al último grito de la moda.

Marianne se libró de los molestos sentimientos de desprecio y resentimiento, ante aquel examen impertinente de sus rasgos y ante la presuntuosidad de sus modales al decidir sobre los diferentes horrores de los distintos palilleros presentados a su inspección, al permanecer ajena a todo ello; pues era tan capaz de concentrar sus pensamientos en su interior y de ignorar lo que ocurría a su alrededor, en la tienda del señor Gray, como en su propia habitación.

Por fin se decidió el asunto. El marfil, el oro y las perlas recibieron su respectivo destino, y el caballero, tras haber señalado el último día en que su existencia podría prolongarse sin la posesión del palillero, se calzó los guantes con pausado cuidado y, dedicando a las señoritas Dashwood otra mirada —pero una que parecía exigir más que expresar admiración—, se marchó con un aire feliz de auténtica presunción y afectada indiferencia.

Elinor no perdió tiempo en exponer su asunto, y estaba a punto de concluirlo, cuando otro caballero se presentó a su lado. Volvió los ojos hacia su rostro y descubrió con cierta sorpresa que era su hermano.

Su afecto y el gusto por encontrarse fueron apenas suficientes para dar una impresión muy digna en la tienda del señor Gray. John Dashwood estaba en realidad muy lejos de sentir pesar por volver a ver a sus hermanas; más bien le produjo satisfacción, y sus preguntas por su madre fueron respetuosas y atentas.

Elinor supo que él y Fanny llevaban dos días en la ciudad.

—Deseaba mucho haber ido a verla ayer —dijoÉl—, pero me fue imposible, pues tuvimos que llevar a Harry a ver las fieras del Exeter

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