XXVIII. En dos ocasiones acarició la idea de restaurar la república: la primera, inmediatamente después de haber vencido a Antonio, recordando que a menudo le había reprochado ser el obstáculo para su restablecimiento. La segunda vez fue a consecuencia de una larga enfermedad, en la que mandó llamar a los magistrados y al senado a su propia casa, y les presentó un informe detallado del estado del imperio.
Pero reflexionando al mismo tiempo que le resultaría peligroso a él mismo volver a la condición de ciudadano privado, y que también podría ser arriesgado para el público que el gobierno quedara de nuevo bajo el control del pueblo, decidió retenerlo en sus propias manos, lo cual es difícil decir si fue con mejor fortuna o intención.
Sus buenas intenciones las afirmó con frecuencia en conversaciones privadas, y también publicó un edicto en el que se declaraba en los siguientes términos:
«¡Ojalá se me permita tener la dicha de establecer la república sobre una base segura y sólida, y disfrutar así de la recompensa a la queaspiro, la de ser celebrado por moldearla en la forma mejor adaptada a las circunstancias actuales; de modo que, al dejar este mundo, pueda llevar Conmigo la esperanza de que los cimientos que he puesto para su futuro gobierno permanezcan firmes y estables!».
XXIX. La ciudad, que no había sido construida de manera acorde a la grandeza del imperio, y que estaba expuesta a las inundaciones del Tíber 149, así como a los incendios, fue tan mejorada bajo su administración, que se jactó, no sin razón, de que «la había encontrado de ladrillo y la dejaba de mármol». 150 Asimismo, la aseguró (92) para el futuro contra tales desastres, hasta donde pudo lograrse mediante la previsión humana.
Un gran número de edificios públicos fueron erigidos por él, siendo los más considerables un foro 151, que contenía el templo de Marte el