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I. Domiciano nació a nueve de las calendas de noviembre [24 de octubre], siendo cónsul electo su padre (el cual debía entrar en funciones al mes siguiente), en la sexta región de la ciudad, en las Granadas, en la casa que posteriormente convirtió en templo de la familia Flavia. Se dice que pasó los años de su juventud en medio de tanta indigencia e infamia que no poseía ni una sola pieza de vajilla de plata; y es bien sabido que Clodio Polión, varón de rango pretoriano —contra quien existe un poema de Nerón titulado Luscio—, conservaba una nota de su puño y letra, que solía mostrar a veces, en la cual Domiciano le citaba para los más abyectos fines. Algunos, asimismo, han dicho que se prostituyó con Nerva, quien le sucedió. En la guerra contra Vitelio, huyó al Capitolio con su tío Sabino y una parte de las tropas que tenían en la ciudad. Mas, habiendo irrumpido el enemigo y prendido fuego al templo, se ocultó toda la noche junto con el sacristán; y a la mañana siguiente, vistiendo el disfraz de devoto de Isis y mezclándose entre los sacerdotes de aquella vanidosa superstición, cruzó el Tíber, con un solo acompañante, hasta la casa de una mujer que era madre de uno de sus compañeros de escuela, y se atrincheró allí de forma tan oculta que, a pesar de que los enemigos, que le pisaban los talones, lo buscaron con gran rigor, no pudieron descubrirlo. Por fin, tras el triunfo de su partido, presentándose en público y siendo saludado unánimemente con el título de César, asumió el cargo de pretor de la Ciudad con autoridad consular, mas de hecho no poseía sino el nombre, pues transfirió la jurisdicción a su colega inmediato. Con todo, ejerció