rigor)». Cuando su abuela Antonia le dio ciertos consejos, como si fuera poca cosa no hacerles caso, le dijo: «Recuerda que todo me está permitido». Al disponerse a asesinar a su hermano, a quien sospechaba de tomar antídotos contra el veneno, dijo: «¡Mira tú un antídoto contra César!». Y cuando desterró a sus hermanas, les advirtió en tono amenazante que no solo tenía islas a su disposición, sino también espadas. Habiendo enviado un expretor varias veces desde Anticitra, a donde había ido por su salud, para pedir que se le prolongara el permiso de ausencia, mandó que lo ejecutaran, añadiendo estas palabras: «Es necesario sangrar a quien ha tomado eléboro tanto tiempo sin encontrar mejoría». Tenía la costumbre de firmar cada diez días las listas de los prisioneros destinados a la ejecución, a lo cual llamaba «saldar sus cuentas». Y habiendo condenado a varios galos y griegos al mismo tiempo, exclamó triunfante: «He conquistado la
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I. Germánico
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