XLVIII.
Dio muestras de generosidad pública en solo dos ocasiones. Una fue el ofrecimiento de prestar gratuitamente, por tres años, cien millones de sestercios a quienes necesitasen pedir prestado; y la otra, cuando, tras haberse incendiado unas grandes casas en el monte Celio, indemnizó a los propietarios.
A lo primero se vio obligado por los clamores del pueblo, en un momento de gran escasez de dinero, cuando ya había ratificado un decreto del senado que obligaba a todos los prestamistas a invertir dos tercios de su capital en tierras, y a los deudores a saldar de inmediato la misma proporción de sus deudas, sin que esto bastara para remediar el problema. Lo segundo lo hizo para aliviar en alguna medida la presión de los tiempos. Pero su benefactoresca ayuda a los afectados por el incendio la valoró tan alto que ordenó que en adelante el monte Celio fuese llamado Augusto.
A la soldadesca, tras duplicar el legado que les había dejado Augusto, no le dio nunca nada, salvo mil denarios por hombre a la guardia pretoriana por no haberse sumado al partido de Sejano; y algunos obsequios a las legiones de Siria, porque ellas solas no habían rendido homenaje a las efigies de Sejano entre sus estandartes.
Rara vez concedió la baja a los soldados veteranos, calculando (222) con su muerte por avanzada edad y con lo que se ahorraría al librarse así de ellos en concepto de recompensas o pensiones. Tampoco socorrió jamás a las provincias con ningún acto de generosidad, a excepción de Asia, donde algunas ciudades habían sido destruidas por un terremoto.