También después de convertirse en emperador escribió varias obras (329), las cuales se encargaba de que un lector se las recitara a sus amigos. Comenzó su historia a partir de la muerte del dictador César; pero más tarde tomó un periodo posterior y empezó al final de las guerras civiles, porque descubrió que no podía hablar con libertad ni con la debida consideración a la verdad sobre el periodo anterior, ya que había sido reprendido a menudo tanto por su madre como por su abuela. De la historia más antigua dejó solo dos libros, pero de la posterior, cuarenta y uno. Compuso asimismo la «Historia de su propia vida» en ocho libros, llena de absurdos, pero no desprovista de buen estilo; y también «Una defensa de Cicerón contra los libros de Asinio Galo» (543), que mostraba un grado considerable de erudición. Inventó además tres nuevas letras y las añadió al antiguo alfabeto (544) por considerarlas sumamente necesarias. Publicó un libro para recomendarlas cuando aún era un simple ciudadano; pero al ascender al poder imperial no tuvo gran dificultad para introducirlas en el uso común, y estas letras aún se conservan en una variedad de libros, registros e inscripciones en edificios.
XLII. Se entregó con no menor empeño al estudio de la literatura griega, manifestando en cada ocasión su amor por dicha lengua y su superior excelencia.
Discurriendo en cierta ocasión un extranjero en griego y en latín, se dirigió a él en estos términos: «Puesto que dominas ambas lenguas nuestras».
Y al encomendar Acaya al favor del senado, dijo: «Tengo un particular afecto a esa provincia por razón de nuestros estudios comunes».
En el senado replicaba a menudo con largos discursos a los embajadores en ese idioma. Desde el estrado citaba frecuentemente los versos de Homero. Cuando en algún momento se venciese a un enemigo o a un conspirador, apenas si dio nunca al tribuno de guardia que, (330) según costumbre, venía a pedir la contraseña, otra distinta a esta: