dio instrucciones respecto a su funeral, César abogaba por una muerte lenta y deseaba que la suya propia fuera repentina y rápida. Y el día antes de morir, al girar la conversación en la cena, en casa de Marco Lépido, en torno a cuál era la forma más deseable de morir, dio su opinión a favor de una muerte repentina e inesperada.
LXXXVIII. Murió en el año cincuenta y seis de su edad, y fue contado entre los Dioses, no sólo por un decreto formal, sino por la creencia del vulgo.
Pues durante los primeros juegos que Augusto, su heredero, consagró a su memoria, un cometa brilló durante siete días seguidos, saliendo siempre alrededor de las once; y se supuso que era el alma de César, ya recibida en el cielo: por cuya razón, asimismo, se le representa en su estatua con una estrella en la frente.
Se ordenó clausurar la curia en la que fue asesinado 101, y se decretó que los idus de Marzo se llamasen parricidas y que el senado no volviera a reunirse jamás en ese día.
LXXXIX. Casi ninguno de los cómplices de su asesinato le sobrevivió más de tres años ni murió de muerte natural 102. Todos fueron condenados por el senado: unos perecieron en un accidente, otros en otro. Una parte pereció en el mar, otros cayeron en batalla; y algunos se dieron muerte con el mismo puñal con el que habían apuñalado a César 103.
(56) 104 La terminación de la guerra civil entre César y Pompeyo marca una nueva época en la historia romana, en la cual una República, que había subsistido con una gloria sin rival durante un período de unos cuatrocientos sesenta años, recayó en un estado de despotismo del cual ya nunca más pudo emerger. Una transición tan repentina de la prosperidad a la ruina de la libertad pública, sin la intervención de ningún enemigo extranjero, suscita la razonable conjetura de que la constitución en la que