entre los militares. Junto a él, si no igual, en favor estuvo Félix 536, a quien no solo prefirió para los mandos tanto de cohortes como de tropas, sino también para el gobierno de la provincia de Judea; y llegó a ser, como consecuencia de su elevación, esposo de tres reinas 537. Otro favorito fue Harpocrás, a quien concedió el privilegio de ser transportado en litera dentro de la ciudad y de ofrecer espectáculos públicos para el entretenimiento del pueblo. En esta categoría estuvo asimismo Polibio, que le ayudaba en sus estudios y tuvo a menudo el honor de caminar entre los dos cónsules. Pero por encima de todos, Narciso, su secretario, y Palas 538, el administrador de sus cuentas, gozaban de su máximo favor. No solo les permitió recibir, por decreto del senado, inmensos regalos, sino también ser condecorados con las insignias de honor cuestorias y pretorianas. Tanto los consintió en acumular riqueza y saquear el erario público que, al quejarse él una vez de la escasez de sus fondos, alguien le dijo, con toda razón, que «estaría más que lleno si esos dos libertos suyos quisieran admitirlo como socio».
XXIX. Enteramente gobernado por estos libertos y, como ya he dicho, por sus esposas, era más bien un instrumento en manos ajenas que un príncipe. Distribuía cargos o mandos de ejércitos, perdonaba o castigaba según convenía a los intereses de aquellos, (322) a sus pasiones o a sus caprichos; y la mayor parte de las veces, sin saber ni darse cuenta de lo que hacía. Para no entrar en pormenores relativos a la revocación de concesiones, la anulación de sentencias judiciales, la obtención de su firma para nombramientos ficticios o la descarada alteración de estos tras haberlos firmado, mandó dar muerte a Apio Silano, padre de su yerno, y a las dos Julias, hijas de Druso y Germánico, sin prueba concluyente alguna de los crímenes de los que se les acusaba, ni tan siquiera permitirles formular defensa alguna.