XXXII. Estando así indeciso, ocurrió el siguiente incidente. Un personaje de noble presencia y gracioso aspecto apareció muy cerca, sentado tocando la flauta. Cuando, no solo los pastores, sino también un buen número de soldados acudieron en desbandada desde sus puestos para escucharle, y entre ellos algunos trompetas, arrebató una trompeta a uno de estos, corrió con ella hacia el río y, tocando la señal de avance con un sonido estrangulador, cruzó a la otra orilla. Tras esto, César exclamó: «vayamos a donde nos llaman los prodigios de los Dioses y la iniquidad de nuestros enemigos. La suerte está echada».
XXXIII. En consecuencia, habiendo hecho pasar su ejército el río, les mostró a los tribunos del pueblo, los cuales, tras ser expulsados de la ciudad, habían salido a su encuentro; y, en presencia de aquella asamblea, pidió a las tropas que le prometieran su fidelidad, con lágrimas en los ojos y la túnica rasgada sobre el pecho.
Se ha supuesto que en esta ocasión prometió a cada soldado el patrimonio de un caballero; pero tal opinión se funda en un error. Pues cuando, en su alocución a los mismos, levantaba con frecuencia un dedo de su mano izquierda y declaraba que, para recompensar a quienes lo apoyaran en la defensa de su honor, se despojaría gustoso incluso de su anillo, los soldados más alejados, que podían verle con mayor facilidad que oírle mientras hablaba, se formaron una idea de lo que decía por la vista y no por el oído; y, en consecuencia, difundieron que les había prometido a cada uno de ellos el privilegio (23) de llevar el anillo de oro y un patrimonio de cuatrocientos mil sestercios. 60
XXXIV. De sus ulteriores operaciones daré una somera relación, en el orden en que ocurrieron 61. * Se apoderó del Piceno, la Umbría y la Etruria; y habiendo obligado a rendirse a Lucio Domicio —quien había sido tumultuosamente nombrado su sucesor y retenía Corfinio