Por diversas circunstancias consta que tuvo conciencia de su próxima deflexión y no se guardó el secreto. Pues al nombrar a los cónsules, no designó a nadie para ocupar el cargo más allá del mes en que murió. En la última asamblea del senado en la que hizo acto de presencia, exhortó encarecidamente a sus dos hijos a la concordia mutua y, con ruegos fervientes, encomendó a los padres el cuidado de su tierna infancia. Y en la última causa que oyó desde el tribunal, declaró repetidas veces en plena audiencia: «Que había llegado ya a la última etapa de la existencia mortal», mientras todos los que lo oyeron se estremecían al escuchar estas palabras agoreras.
* * * * * *La muerte violenta de Calígula ofreció a los romanos una nueva oportunidad de reivindicar la libertad de su patria; pero los conjurados no habían urdido plan alguno para proceder tras el asesinato de aquel tirano; y la indecisión del senado, en un debate de dos días ante una emergencia tan repentina, dio tiempo a que el capricho de los soldados se interpusiera en el establecimiento del gobierno.
Por el más fortuito de los accidentes, un hombre carente de todo mérito personal, de un entendimiento tan débil que era la burla común de la servidumbre del emperador y objeto de desprecio incluso para sus propios parientes; este hombre, en la hora de la insolencia militar, fue nombrado por los soldados como sucesor del trono romano.
Aún sin la posesión del tesoro público, que tal vez estaba exhausto, no pudo premiar inmediatamente los servicios de sus electores con una gratificación pecunaria; pero les prometió una donación de quince mil sestercios por cabeza, más de ciento cuarenta libras esterlinas; y como no hallamos noticias de descontentos posteriores en el ejército, podemos concluir con justicia que la promesa fue cumplida poco después.
Este acontecimiento sentó las bases de aquel despotismo militar que, a lo largo de muchos siglos sucesivos, convulsionó al imperio romano.