temperamento ambicioso, impaciente por alcanzar su objetivo, llevar la máscara por más tiempo, habría podido obtener la diadema imperial; en cuya búsqueda le alcanzó aquel destino que merecía aún más por sus crueldades que por su perfidia hacia Tiberio. Este hombre era natural de Volsinium, en la Toscana, e hijo de un caballero romano. Primero se había ganado el favor de Cayo César, nieto de Augusto, tras cuya muerte cortejó la amistad de Tiberio, y obtuvo en poco tiempo su entera confianza, de la que sacó el mejor provecho. El objetivo que persiguió a continuación fue conseguir el afecto del senado y de los oficiales del ejército; además de los cuales, con una nueva clase de política, se esforzó por asegurar en su interés a todas las damas de distinguidas relaciones, dándoles en secreto a cada una de ellas una promesa de matrimonio tan pronto como llegara a la soberanía. Los principales obstáculos en su camino eran los hijos y nietos de Tiberio; y a estos los sacrificó pronto a su ambición, bajo varios pretextos. Druso, el mayor de esta descendencia, habiendo golpeado al favorito en un ataque de ira, fue destinado por él a la destrucción. Con este propósito, tuvo la presunción de seducir a Livia, la esposa de Druso, de quien ella había tenido varios hijos; y ella consintió en casarse con su adúltero a la muerte de su esposo, quien fue envenenado poco después, por medio de un eunuco llamado Ligdo, por orden de ella y de Sejano.
Druso era hijo de Tiberio y de Vipsania, una de las hijas de Agripa (245). Mostró una gran intrepidez durante la guerra en las provincias de Iliria y Panonia, pero parece haber sido de costumbres dissolutas.
Se dice que Horacio escribió la Oda en alabanza de Druso por deseo de Augusto; y mientras el poeta celebra el valor militar del príncipe, insinúa indirectamente una salutífera amonestación hacia el cultivo de las virtudes civiles: